La educación convencional

Si hay un ejemplo de falta de adaptación a las necesidades que demanda la realidad actual, es la educación convencional y especialmente la española.

La estructura de trabajo es exactamente igual a la que se mantenía en una fábrica del siglo XIX, sin importar si el obrero fallecía por el agotamiento provocado por las duras condiciones de trabajo. Número de horas de trabajo establecidas rigurosamente, trabajo constante y estrecho control por los jefes de la producción. En caso de no llegar al número de unidades mínimas preestablecidas, se procedía al despido del trabajador.

En los colegios españoles se mantiene el mismo diseño de producción: deberes los lunes, deberes los martes, deberes los miércoles, deberes los jueves, estudio fin de semana y examen el lunes; comenzando de nuevo la rutina semanal (y así durante todo el curso). Prácticamente sin períodos de descanso para la recuperación: puentes sin descanso, ya que a la vuelta del mismo hay dos exámenes, Navidades y Semana Santa con deberes y estudio porque a la vuelta de las mismas hay varios exámenes. Manteniendo este esquema de trabajo de septiembre a junio.

No solo es preocupante este diseño basado en la producción por agotamiento; en la escuela convencional española tampoco se tienen en cuenta las condiciones personales del alumno/a: 

  • Que cada alumno/a tiene su propia personalidad.
  • Su propia capacidad intelectual con todos sus matices (neurodiversidad).
  • Sus propias cualidades y limitaciones
  • Estados de ánimo.
  • Circunstancias personales y familiares.
  • Su talento, sus gustos y preferencias.

Las habilidades y destrezas cognitivas que se desarrollan en el alumnado se dirigen únicamente a lo que demanda el mundo académico español:

  • Basado casi exclusivamente en el trabajo memorístico necesario para superar los temarios y contenidos exigidos en las pruebas de acceso a la universidad española.
  • Y que, a su vez, son los necesarios para desarrollar una carrera universitaria en España.

Las explicaciones en clase se realizan en abstracto (el profesor/a les habla de los volcanes, de las células) y con muy poca experimentación. Cuando un alumno/a se aburre, desconecta; si desconecta, no escucha; si no escucha, no atiende, si no atiende no aprende, y como no aprende por la mañana, el profesor/a le encarga muchos deberes para la tarde (al día siguiente el profesor, en todo caso, seguirá dando temario nuevo para poder cumplir la Programación anual establecida). Los alumnos/as se aburren y, al igual que los jefes de producción de las fábricas del siglo XIX, el profesor/a posee un rol basado en el control y en la represión (les gritan, les amenazan, les castigan). El control de la producción se mantiene constante con exámenes semanales durante todo el curso; para al final del mismo decidir si vales o no: pasas de curso o repites.

Este esquema basado en el control y la represión (amenaza/castigo) busca la docilidad del alumno, su obediencia incondicional a las normas preestablecidas; eliminando su espontaneidad y alegría, así como su iniciativa y creatividad.

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